Un señor de muy buen
aspecto y muy bien vestido, que se comportaba generalmente con caballerosidad y etiqueta,
conversaba con un amigo suyo en una reunión social, éste otro venía acompañado
de una persona tímida, de aspecto serio que sólo los miraba.
La conversación se
detuvo en los detalles de una anécdota que vivió el señor de buen aspecto,
resulta que cuando era joven vivió uno de los días mas aterradores de su vida.
Dos jóvenes le dieron una paliza bestial, sin razón alguna, años después de lo
ocurrido le resulta insólito no recordar absolutamente nada de lo ocurrido ese
día.
Lo único que recuerdo
es un par de cosas que sucedieron antes de lo ocurrido–Dijo—Se que desperté,
salí de mi casa, fui a la tienda en donde por cierto discutía fuertemente con
una mujer algo tonta, ahora no recuerdo ni quién, ni porqué.
Su intrigado amigo no
dejó de preguntar –Que evento tan extraño, dice que no tomaron su dinero, o
ninguna pertenencia de usted. Pero por algo lo tuvieron que haber golpeado.
En efecto no tomaron
ninguna de mis pertenencias, todo me resultó igual de extraño para mí en el
momento en que me desperté al día siguiente en ese hospital de tan noble y tan
baja calidad que para usted en este momento —Contestó el primero, con cierta
profundidad.
El oyente estaba
fascinado, y le resultaba fantástico el aspecto de que la victima del ataque
tenga recuerdos difusos de algo que sí sucedió, él jamás había sentido algo
parecido. ¿Cuál era la sensación de tener un día perdido en tu memoria? Supuso
que se sentía como esos sueños que a veces sabes que tienes, pero no consigues
recordarlos.
A lo que el primero
estuvo de acuerdo, pero a su vez, analizándolo, agregó que aún así él percibía
cierta diferencia y que lograba sentirla porque lograba comparar y separar sus
únicos recuerdos de ese día, con lo que soñó mientras estaba inconsciente. El
sueño era igual o más difuso que el día, sólo lograba recordar que miraba
fijamente a una mujer que lloraba desconsolada en el suelo, con un golpe en el
ojo. Después de un rato, procedió a hablar de la poca cultura que tenían las
enfermeras del hospital en el que estuvo.
El acompañante tímido
que llevaba toda la conversación callado mirándolos atento, sin opinar,
finalmente expulsó unas palabras, interrumpiendo, y regresando al tema anterior
–Esta persona de su sueño, que lloraba, ¿usted la conocía?
No recuerdo ni cómo era
su rostro. Así de borroso resulta para mí el sueño—Contestó.
Analítico y pensativo,
el personaje tímido que apenas se atreviera a hablar, continuó–Entonces estamos
hablando de un sueño de su juventud, con recuerdos tan borrosos que sólo
recuerda que miraba a una mujer llorando, herida, pero no recuerda cómo, ni
quién era ésta. Sabe la situación, pero no el aspecto físico.
Así pasa con los sueños—Respondió
finalmente ya mirándolo con cierta extrañeza.
¿Señor, a usted
intentado mientras se cuestiona lo ocurrido, relacionar lo que pasó en su
aparente sueño con la mujer con la que discutía en la tienda, antes de que lo
golpearan?—Prosiguió el tímido.
No, a decir verdad no,
jamás—Contestó el primero ya un tanto incómodo, y notoriamente inquieto por el
cuestionamiento.
Tranquilo amigo, si se
lo pregunto, es por algo—Dijo inmediatamente el tímido.
Y ¿Porqué es que me lo
pregunta, amigo?—Contestó retadoramente.
El ya no tan tímido
sujeto incrustó la mirada en él, y dijo—Porque creo, amigo, que yo era una de
las personas que te golpeaba despiadadamente.
Este relato fue redactado por Natán Cohén.
Twitter: @natan_cohen
